Pero falta lo mejor.
No hay turistas. Sólo chinos y budistas del sudeste asiático.
Y el restaurante budista del monasterio. La comida es una delicia vegetariana, más de veinte platos distintos todos hechos con productos de la montaña, y los probamos todos gracias a la familia de amigos de la ciudad que nos invitó y nos explicó lo que era cada plato y su historia. Variedades de setas suculentas desconocidas, verduras sabrosas, seitán y tofu preparados de mil formas distintas y el ritual del té llevado a cabo por un monje con una tetera de pitorro kilométrico. Una gran recompensa. |